5 dias en MARRUECOS 2005

Acabo de leer lo que escribió ZUM de Monterrey y me parece muy interesante. Así que he decidido colgar las primeras impresiones que plasmé yo de Marruecos al poco de llegar.

Ya llevo cinco días en Marruecos, con lo que me veo más o menos cualificada para hacer mi primer esbozo de este país de contrastes, y es que, por mucho que lo digan en las guías, no se me ocurre ninguna manera mejor de describirlo.

Uno de los ejemplos que lo evidencian es la ventana de mi habitación, una frontera de cristal y PVC que separa dos viviendas bien distintas. La de mi vecino de enfrente, un maloliente hombrecillo que tiene un puesto de flores como lugar de trabajo y hogar; y la mía, con suelos de mármol, agua corriente y todas las comodidades de mi mundo occidental, más una: Agnema, la bon (asistenta doméstica). Nuestros respectivos mundos, separados por barreras fundamentalmente metafísicas, transcurren perpendicularmente, de tal forma que existe un único punto en el que ambos confluyen: el jarrón del salón, en el que descansan abrumadas las humildes florecillas de mi vecino.

Casablanca es una ciudad apestosa, huele mal en todos los estados posibles: gaseoso, sólido y líquido. La contaminación ambiental es terrible debido al humazo negro que escupen los maltrechos tubos de escape de los miles de petit y grand-taxis que recorren incansable y temerariamente la ciudad. El servicio de recogida de basuras no parece ser excesivamente eficiente, las aceras han hecho suyo un color negruzco mezcla de polución y desechos, a menudo esparcidos y en putrefacción en algún rincón. El calor además es pegajoso, debido a la cercanía a un mar del que de momento sólo he oído hablar, que no visto, y es que no he sentido la tentación de acercarme al puerto de esta ciudad que perfectamente podría enlutar su nombre y pasar a llamarse Casanegra.

Pero esta ciudad de mierda, es mi nuevo hogar. Desde mi frontera ya citada, además de a mi vecino de enfrente veo las torres gemelas, sí, bueno el Twin Centre. Símbolo de la ambición de Mohammed VI, una mirada hacia Occidente (yo incluso diría que una provocación para quienes perpetraron en tierras infieles los atentados del 11S), en esa misma avenida se encuentran las grandes boutiques: Gucci, Zara, Mango, Stradivarius… Y es que España, tierra de provincias en Europa, es Europa aquí.

Mi vida pues, transcurre plácidamente en Casablanca, mi oficina, llena de cucarachas debido al bochorno que nos ha regalado hoy el día, es apacible, mis compañeros simpáticos y mi jefe comprensivo, amable e irónico (este último rasgo de su personalidad probablemente se haya visto acentuado tras su estancia de año y medio aquí). Nuestra asistenta, Agnema, es una mujer invisible, en parte porque va cubierta de pies a cabeza, y en parte porque se desvanece en nuestra presencia. Yo sé que existe porque cada día me encuentro mi ropa lavada, mi habitación recogida, la comida lista en la cocina, pruebas inequívocas de su existencia (o de la de los diminutos).

Aquí existe una comunidad de españoles, compañeros de las cámaras de comercio, jóvenes que ostentan cargos de responsabilidad en empresas españolas y con cuyos puestos de trabajo en España no podrían soñar debido a su inexperiencia o juventud… Así que mi día a día en esta ciudad se me aparece cómodo y fácil, sin grandes diferencias de la vida que podría llevar a cabo en otras ciudades europeas (menos Copenhague claro, que aunque nunca he estado, no puedo evitar acordarme de la prima Ana y pensar que si existe algún lugar en el mundo completamente opuesto a este, ése debe ser la ciudad en la que ella vive).

La suciedad urbana contrasta con la virginidad de la naturaleza marroquí. Aún sin explotar, con muchas posibilidades (entre ellas el desarrollo insostenible). Algunos empresarios conscientes del valor de ese patrimonio natural, están explotando el turismo sostenible, ayudando al desarrollo local, generando empleo y en perfecta armonía de las instalaciones con el paisaje circundante. Este es el caso del albergue en el que nos alojamos el segundo día de nuestro fin de semana turístico. Un lugar idílico emplazado en un paraje maravilloso, donde descansar después de una ruta de tres horas por el cauce de un riachuelo que desemboca en unas pozas de agua gélida y cristalina en la que he purificado mi alma ennegrecida de CO2.

Cerca de esta zona se encuentra Chedchouen, al norte de Marruecos, relativamente cerca de Tetuán. Un pueblecito azul y blanco, que vive del turismo, español principalmente. Allí he conocido al marroquí comerciante, de sonrisa y mirada amable e hipócrita, tan efímera como el tiempo que tardes en dejar claro que no quieres comprar. De ojos mentirosos, que pasan del calor al frío en cuestión de décimas de segundo, idéntico espacio temporal el que transcurre desde que te escanean hasta que en español de negocios de un registro apropiadísimo reclama tu atención; ojos que pasan de la adoración al desprecio en el mismo intervalo. No le culpo, discutimos para abaratar unos euros los objetos de nuestro deseo y conseguir precios ridículos (para nosotros), y él lo sabe.

¿Qué puedo decir de la comida marroquí? Que es maravillosa, quienes llevan aquí un tiempo dicen estar cansados de los sabores especiados, de que todo sepa parecido, estoy de acuerdo con eso, pero aún así, me declaro forofa de estos sabores, siempre en contraste: dulce y picante, explosivos, coloridos, aromáticos, deliciosos…

Tras esta breve o extensa disertación que recoge mis primeras impresiones en este país, creo que algunos de los que me queréis, sentiréis compasión o inquietud por mi persona. No lo hagáis, estoy feliz, esto me gusta. Me esperan muchos fines de semana para limpiar mis pulmones, mucho por descubrir, mucho por aprender, mucho por observar. Muchas flores por comprar, para juntar en un jarrón dos mundos que de otro modo, dado el contraste, transcurrirían de forma paralela.

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